Buenas Noticias
Jefté
Muy amados en el Señor, la historia que corresponde a la lección del día de hoy contiene una de las historias más tristes, lamentables y perturbadoras en toda la Biblia. Es la historia de cómo la ignorancia de la Palabra de Dios y el apego a tradiciones humanas, puede hacer que una persona buena destruya la vida de un hijo. Pero veamos esto en su contexto bíblico e histórico.
Una fe de veleta
Santiago 1:6 dice: "…el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra." El que duda lo mueven los vientos de la prueba como a un velero. Los que son movidos por el viento, y los que bailan al son que les toquen son unos veletas. La crisis de los veletas es una crisis de fe provocada por deficiencias de contenido bíblico. El que construye sobre la arena no se debe sorprender de que el viento le derrumbe la fe. Es que nuestra fe es alimentada por la Palabra que se hace vida en nosotros. Los testimonios son ilustraciones y manifestaciones de esa vida, pero nuestra fe está centrada en las Sagradas Escrituras y en Cristo, y no en testimonios. Santiago dirige su carta a las doce tribus que están en la dispersión. Comienza su carta diciendo que las pruebas son motivos de gozo para los que estamos en Cristo. Dice que los que estamos en Cristo no somos como las ondas del mar, que van y vienen movidos por los vientos. Esa es la fe de los veletas y de los velones. Los creyentes escuchamos y vivimos la Palabra, somos hacedores de esa Palabra, por lo cual tenemos una fe firme en Jesucristo y no estamos como el viejo Israel, olvidando los mandamientos del Señor, ni sus misericordias con nosotros.
El vigor de la fe de Israel dependía de que las nuevas generaciones conocieran la Palabra y la trayectoria de su relación con Dios. Una y otra vez esto fue grandemente descuidado. La gloria que es de Dios era atribuida a los caudillos que Dios levantaba, y el pueblo olvidaba el compromiso que tenían con la Palabra de Dios. Israel olvidó que fue Dios quien les libertó, y le dieron la gloria a Gedeón, Tola y Jair. Peor aún, al éstos morir, le dieron la espalda a Dios, porque no estudiaron sus mandamientos, ni prepararon la próxima generación para que sirviese al Señor. Esto es triste pues Dios siempre piensa en la próxima generación. Dios tiene su mirada puesta en nuestros hijos.
En Puerto Rico ocurrió algo similar también. Aun los que vivieron el Avivamiento dejaron de darle la gloria a Dios por el bien recibido en la isla. Unos atribuían a Luis Muñoz Marín el bien que recibimos. Otros le dieron la gloria a los Estados Unidos de América y a líderes como Luis Ferré. Para que no se equivoquen conmigo, les adscribo a esos dos caudillos grandes dotes y méritos. Le doy gracias a Dios por haber levantado personas como esas. Pero no puedo olvidar que cuando miles en Puerto Rico se humillaron delante de Dios a principios del siglo pasado, hubo un Dios que respondió al clamor con un avivamiento espiritual y una bonanza económica. Si le doy la gloria a un caudillo o a un sistema, entonces, dejo de ser agradecido de Dios, me falta la memoria y puedo empezar a servir otros dioses falsos. Eso fue lo que pasó con Israel una y otra vez.
La crisis en la fe de Jefté
Se suponía que el padre de Jefté le enseñase la Palabra. Pero su padre le abandonó. Sus hermanos tampoco lo ayudaron, sino que le despreciaron. En la mente de Jefté el concepto "familia de Dios" fue lacerado por quienes tenían el deber ante Dios de alimentarlo. Lejos de acercar a Jefté a Dios, su familia le alejó. Mahatma Gandhi dijo: "Me gusta Cristo, pero no me gustan los cristianos. Los cristianos no se parecen a Cristo." Esa discrepancia entre conducta y fe en los mal llamados cristianos ha hecho que muchos se aparten del Camino.
Para agravar más el asunto, en el tiempo de Jefté, por el desconocimiento de la Palabra de Dios, hubo un doloroso sincretismo en la fe de Israel. Se mezclaron los mandamientos de Dios con tradiciones paganas. A tal grado que Jefté pensó que agradaba a Dios ofrecerle sacrificio humano. Ese error doctrinal tuvo consecuencias trágicas en la vida de su familia, pues terminó sacrificando a su única hija. Lo hizo pensando honestamente que agradaba a Dios. En Puerto Rico, en la vida del pueblo evangélico, hubo mucha tradición humana como parte de nuestro servicio a Dios y lamentablemente, fueron muchos los hijos que fueron sacrificados por mandamientos de hombre y no de Dios. Son historias que nos parten el alma, porque lejos de ser la voluntad de Dios, solo reflejó nuestro desconocimiento de la Palabra de Dios. La presente generación tiene el deber de asegurar a las próximas generaciones el fundamento bíblico que sustenta nuestra fe. A la vez, sin que sea contradictorio, tenemos una personalidad, vocación y llamado particular como Iglesia en Buena Vista. Ese contenido debe ser traspasado de generación a generación.
Tenemos una historia que compartir Todo el que se convierta a Jesucristo en Buena Vista en primer lugar conocerá la Palabra de Dios, se adiestrará en los ministerios, profundizará en la oración y la vida cristiana, pero también ha de conocer lo que Dios ha hecho en nuestros medios. Todos nos debemos sentir orgullosos del legado espiritual que nos brindaron las generaciones que nos han precedido. ¡Y qué precioso es ese legado! En Buena Vista Dios ha resucitado a varios muertos, en Buena Vista Dios ha sanado a centenares y ha bautizado a cientos y cientos con su Espíritu Santo. Dios ha levantado profetas, visionarios(as), misioneros y misioneras, multitud de predicadores, maestros y pastores. Hemos creído a sus promesas y hemos sido fieles a su Palabra. ¡Que lo sepan las generaciones por venir y que lo conozca el mundo entero! Me gustaría que las generaciones por venir no solo aprendan de Morton y Carpenter, a quienes Dios usó de manera maravillosa. Quiero que conozcan de Juana Hernández y de Don Herminio Narváez. Que conozcan de los que sin temor caminaban de día y de noche por nuestros campos llevando la preciosa semilla del Evangelio. Quiero que vivamos agradecidos de Dios por sus maravillas, y que nunca olvidemos nuestra vocación. Que así nos bendiga el Señor.
Escrito por el Reverendo Miguel A. Morales Castro, Pastor Rector ICDC Buena Vista.